Durante más de ocho años, el megacolegio Rodrigo Lara Bonilla, ubicado en la comuna 6 al sur de Neiva, ha sido escenario de una preocupación constante que reaparece cada vez que llueve: fallas en la infraestructura. Para padres de familia y estudiantes es una angustia permanente: pasillos inundados, columnas con humedad y salones donde emerge el agua de pisos y paredes.

“Esto es una crónica de una muerte anunciada”, repiten padres de familia y estudiantes, como si el tiempo les hubiera enseñado a convivir con el miedo. Desde su entrega en 2018, la obra comenzó a presentar fallas.

Todo empieza con el agua. Cada temporada de lluvias revive el mismo episodio: el terreno se empapa, el barro avanza y las aguas lluvias, en lugar de salir, quedan atrapadas dentro del colegio, donde sólo dos aseadoras luchan con trapeador y baldes para evacuar el agua.

“Cada vez que llueve, esa inundación, toda esa agua que se recoge va hacia abajo desde el colegio, entonces, prácticamente en un futuro muy cercano, Dios no lo quiera, eso va a colapsar”, indicó Enrique González.

Lo que debería ser un espacio seguro para más de mil estudiantes (muchos víctimas del conflicto) se transforma en un lugar vulnerable, donde incluso un socavón en la parte posterior amenaza con crecer silenciosamente.

A esto se suma el deterioro progresivo de la infraestructura, la falta de mantenimiento y la sensación de abandono institucional que por años fue denunciada sin mayores respuestas.

No tenemos condiciones para poder estudiar, diariamente las lluvias entran y hacen estragos en los tres pisos, sobre todo en el primer nivel, donde están los salones de primaria; hay hasta un salón donde sale el agua de la pared, parece una ducha”, agregó Tania Caviche.

¿Y el dinero dónde está?

Mientras tanto, el dinero aparece en el papel, pero no en las soluciones inmediatas. Según la secretaria de educación municipal, Olga Lucía Castaño, a inicios de cada año se asignan recursos a las instituciones educativas para sus necesidades: “este año al megacolegio se le giraron más de $190’000.000 tanto para la sede central como para la sede de Cuarto Centenario”, con los que, según las autoridades, se podrían realizar mantenimiento y limpieza de los canales.

Sin embargo, la rectora Aura María Lozada explicó que esos recursos apenas llegaron en abril y provienen del Ministerio de Educación bajo el concepto de gratuidad; no han podido ejecutarse aún por restricciones legales y porque no están destinados exclusivamente a infraestructura.

“Es que no es solo mantenimiento a la infraestructura, también hay que cubrir gastos en papelería, en aseo, ferretería y en otra cantidad de situaciones y servicios que nosotros ofrecemos a los niños”, señaló la rectora. Es decir, el dinero existe, pero no alcanza, y menos para resolver un problema estructural acumulado por años.

La presión creció tanto que finalmente se hizo una visita técnica. Ingenieros, la Secretaría de Educación, la Personería, docentes y la comunidad educativa recorrieron el terreno que durante años ha contado su propia historia. Fue una inspección ocular, pero también simbólica.

“Hoy lo que hemos hecho es una visita constatando cuáles son las principales fallas en la parte estructural y en el funcionamiento de la institución, para luego priorizar el plan de mantenimiento desde la Secretaría de Educación y estas entidades”, puntualizó Lozada.

El ingeniero civil Juan Camilo Rojas aseguró que el diagnóstico muestra como principal problema el manejo de las aguas lluvias. “Todo el perímetro posterior del colegio está en un nivel más alto, entonces el agua, por gravedad, baja hacia la institución”. A eso se suma el arrastre de sedimentos que termina taponando las tuberías e impide la evacuación del agua.

Block Field

¿El colegio se va a caer?

Hubo, sin embargo, un mensaje que alivió parcialmente el temor colectivo. “El colegio no se va a caer”, afirmó el ingeniero, aclarando que los elementos de concreto están en buen estado.

El problema, insistió, “no es de colapso inmediato, sino de mantenimiento y drenaje; hay un terreno fangoso y otras cuestiones, pero es más de mantenimiento”. Aun así, el miedo no desaparece: cuando el agua insiste, cualquier estructura puede ceder.

En la zona de los polideportivos se está planteando una especie de cárcamo que nos permita recolectar esas aguas y conducirlas hasta la parte exterior de la institución. A medida que esos temas se resuelvan, empezaremos a ver qué otros puntos debemos atender para darle celeridad a los trabajos”, agregó el ingeniero.

Las soluciones empiezan a dibujarse, aunque aún están en proceso. Una de las claves es una obra que avanza justo detrás del colegio: la construcción de una vía en el barrio Oasis III. Esta intervención no solo busca mejorar la movilidad tras más de 25 años de abandono, sino que incluye un sistema de alcantarillado para aguas lluvias que ayudaría a desviar el flujo que hoy termina dentro de la institución.

Desde la Secretaría de Derechos Humanos y Paz, el secretario Jorge Lozano Mestre destacó que este proyecto, financiado con cerca de $400’000.000 en materiales, permitirá intervenir unos 200 metros lineales, equivalentes a casi tres calles.

“Las obras que iniciaron en febrero con apoyo de la comunidad, Las Ceibas EPN y la Secretaría de Vías, no solo mejorarán el entorno del barrio, sino que podrían convertirse en una solución indirecta para el colegio”, agregó Lozano.

Mientras tanto, dentro de la institución, las decisiones también comienzan a moverse. La rectora ya contempla un plan de contingencia: trasladar estudiantes de primero que se encuentran en el primer piso hacia la sede Cuarto Centenario mientras se ejecutan las obras.

Para los padres de familia, la lucha continúa. Las voces, cargadas de preocupación, resumen el sentir de muchos: “No basta con visitas ni anuncios, lo que necesitamos son soluciones reales, visibles y duraderas”, puntualizó Enrique González, padre de familia.